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 24 de Noviembre de 2005

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Los castaños y los pueblos

Fuente: El Mundo - La Crónica
Javier Santiago

Los castaños se mueren como se mueren los pueblos. Van marchitándose poco a poco. Sus gruesas raíces se hunden en las entrañas de la tierra y se alimentan de la materia que mueve el mundo. Sus troncos rugosos tienen escrita en sus pliegues la historia de los tiempos. Por sus ramas, que se extienden a veces sin sentido, van perdiendo la vida poco a poco.

Los mandamases, que tienen la costumbre de llegar tarde, empiezan a saber ahora que los castaños se mueren. Quizá empiecen a saber también que los pueblos se mueren. Más difícil es que comprendan lo que eso significa, porque sus andanzas viven de la inmediatez, de las flores de un día. No suelen mirar a los mares del tiempo, a las cosas que se desarrollan con calma, pero dejando huella en los ríos de la vida.

Ahora los boletines oficiales ya saben que los castaños se mueren. Publican sus disposiciones sobre el castaño en literatura de esquela y dibujan soluciones que hablan de prohibiciones, destrucciones y demás normas que meten miedo.

Parece que así queda ya escrita la sentencia de muerte de los castaños, que no hay salvación. Y todo ello porque los mandamases no se han parado a pensar que los castaños se mueren como los pueblos y se mueren con los pueblos. Los castaños son un monumento a una filosofía de vida que da sus últimos pasos. Sus frutos quitaron mucha hambre y su presencia imponente ha permanecido como memoria aparentemente indestructible de todos los que se cobijaron bajo sus copas.

Ahora, cuando desaparecen aquellos hombres que vivieron y se alimentaron del campo y del bosque, no es extraño que mueran también los castaños. Como los pueblos, mueren porque los matan y hay unos cuantos que se pueden repartir las culpas.

Entre ellos los especuladores que pagan una miseria por las castañas que se recogen con esfuerzo y respeto por un alimento que arropó a los estómagos hambrientos cuando no había más que miedo para llevarse a la boca. Ahora, cuando las castañas podrían servir de motor de los pueblos que agonizan, los mismos que se forran vendiendo el fruto a precio de caviar en las grandes capitales, pagan precios de vergüenza a los que se dejan los riñones en los sotos. Los castaños se mueren. ¿De qué nos extrañamos?

También tienen su culpa los que han mirado para otro lado mientras se apagan las luces de los pueblos, mientras se apaga su cultura, su tradición, su historia de siglos. El alma de los mandamases no parece sentir el desgarro de la muerte de un pueblo. Ahora, los castaños se mueren como se mueren los pueblos y las soluciones no llegan o llegan tarde. ¿De qué nos extrañamos?

 

 

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