Los castaños se mueren como se mueren los
pueblos. Van marchitándose poco a poco. Sus
gruesas raíces se hunden en las entrañas de la
tierra y se alimentan de la materia que mueve el
mundo. Sus troncos rugosos tienen escrita en sus
pliegues la historia de los tiempos. Por sus
ramas, que se extienden a veces sin sentido, van
perdiendo la vida poco a poco.
Los mandamases, que tienen la costumbre de
llegar tarde, empiezan a saber ahora que los
castaños se mueren. Quizá empiecen a saber
también que los pueblos se mueren. Más difícil
es que comprendan lo que eso significa, porque
sus andanzas viven de la inmediatez, de las
flores de un día. No suelen mirar a los mares
del tiempo, a las cosas que se desarrollan con
calma, pero dejando huella en los ríos de la
vida.
Ahora los boletines oficiales ya saben que los
castaños se mueren. Publican sus disposiciones
sobre el castaño en literatura de esquela y
dibujan soluciones que hablan de prohibiciones,
destrucciones y demás normas que meten miedo.
Parece que así queda ya escrita la sentencia de
muerte de los castaños, que no hay salvación. Y
todo ello porque los mandamases no se han parado
a pensar que los castaños se mueren como los
pueblos y se mueren con los pueblos. Los
castaños son un monumento a una filosofía de
vida que da sus últimos pasos. Sus frutos
quitaron mucha hambre y su presencia imponente
ha permanecido como memoria aparentemente
indestructible de todos los que se cobijaron
bajo sus copas.
Ahora, cuando desaparecen aquellos hombres que
vivieron y se alimentaron del campo y del
bosque, no es extraño que mueran también los
castaños. Como los pueblos, mueren porque los
matan y hay unos cuantos que se pueden repartir
las culpas.
Entre ellos los especuladores que pagan una
miseria por las castañas que se recogen con
esfuerzo y respeto por un alimento que arropó a
los estómagos hambrientos cuando no había más
que miedo para llevarse a la boca. Ahora, cuando
las castañas podrían servir de motor de los
pueblos que agonizan, los mismos que se forran
vendiendo el fruto a precio de caviar en las
grandes capitales, pagan precios de vergüenza a
los que se dejan los riñones en los sotos. Los
castaños se mueren. ¿De qué nos extrañamos?
También tienen su culpa los que han mirado para
otro lado mientras se apagan las luces de los
pueblos, mientras se apaga su cultura, su
tradición, su historia de siglos. El alma de los
mandamases no parece sentir el desgarro de la
muerte de un pueblo. Ahora, los castaños se
mueren como se mueren los pueblos y las
soluciones no llegan o llegan tarde. ¿De qué nos
extrañamos?